Los niños, nuestro mejor espejo

Los niños, nuestro mejor espejo

Nuestros hijos son espejos que nos reflejan

Reflejan todo de nosotros. Lo que nos gusta y lo que no. El que es padre o madre sabrá bien a qué me refiero.

Muchas veces vemos actitudes en nuestros hijos que nos desagradan. A veces nos disgustan porque nos recuerdan a nosotros mismos cuando teníamos su edad. Otras, nos hacen rememorar conflictos de aquella época que dejamos sin resolver. Y en ocasiones no nos agradan porque nos devuelven, como un espejo, una parte de nuestra forma de ser de la que no somos muy conscientes.

Esto nos pasa a todos, incluso si no somos padres. Seguramente nos suceda con sobrinos, alumnos, hermanos… Y da igual si no tenemos hijos, porque realmente esto ocurre también en nuestras relaciones con los adultos. Fundamentalmente con nuestra pareja, con los compañeros de trabajo, y con la familia.

Muchos aspectos ocultos en nosotros se develan o se activan cuando somos padres

Ser padres es también una oportunidad para cuestionarnos y replantearnos ideas preconcebidas, prejuicios y creencias limitantes. Para abrir la «mochila» (o maletón) que llevamos cargando durante décadas.

Laura Gutman lo denomina el «encuentro con la propia sombra«, y desarrolla esta idea en un libro maravilloso que te invito a leer, si estás a punto de ser madre, o si acabas de serlo (en este caso, es un libro escrito específicamente para mujeres).

La gran noticia es que ellos pueden convertirse en verdaderos maestros

Pilar Guembe y Carlos Goñi, autores del libro Aprender de los hijos, afirman que «los hijos nos enseñan más que cien maestros«. Un hijo nos hace querer ser mejores, nos hace plantearnos nuestra forma de vida, nuestros hábitos, nuestros valores. Nos anima a mejorar porque queremos darle lo mejor de nosotros mismos, y queremos que se sienta orgulloso de nosotros. No solo los padres pueden beneficiarse de este aprendizaje. Ser padres, evidentemente, supone una ventaja. Pero también los (buenos) maestros aprenden cada día de sus alumnos.

Los hijos llegan a nuestra vida para hacernos madurar, crecer mucho y aprender. Y sobretodo, nos invitan a acercarnos más a nosotros mismos, a conocernos mejor. Desde el momento en que tenemos un hijo empezamos a ver mejor nuestros propios defectos. Simplemente porque los vemos reflejados en nuestros hijos. Eso si, hemos de estar dispuestos a reconocer nuestra parte de responsabilidad en lo que nos pasa con ellos. La verdadera escuela de padres está en nuestra propia casa, y los maestros son nuestros propios hijos. Como padres, damos mucho, pero si ejercemos una maternidad o una paternidad consciente, seguro que recibiremos más.

Como dice Martha Alicia Chávez, psicoterapeuta y autora del libro Tu hijo, tu espejo, nuestros hijos nos hacen madurar, aprender y crecer. Y si no aprovechamos la oportunidad, los niños serán pobablemente víctimas de las deudas que tenemos pendientes con nuestro pasado.

Si yo sonrío ante un espejo, me devuelve una sonrisa. De la misma manera, la actitud y el comportamiento que yo tengo con mi hijo, será el mismo que él tome hacia mí. Para bien y para mal. Está en mi mano elegir qué quiero potenciar.

Los niños, como los adultos, no imitan a quienes les dicen cómo tienen qué vivir, sino a aquellos que les dan ejemplo con su actitud. Dar ejemplo es lo más importante simplemente porque lo que más hacen nuestros hijos es observarnos e imitarnos. Nuestros hijos contemplan cada día nuestras acciones y reacciones, positivas y negativas, y las asimilan como la forma correcta de comportarse. Somos sus primeros referentes. Y esta gran influencia que ejercemos sobre ellos es una gran responsabilidad.

Los niños aprenden de los modelos que encuentran a su alrededor. Y el primer modelo que tienen nuestros hijos es el de quienes les hemos dado la vida: sus padres.

Nuestros hijos nos observan cada minuto desde que nacen.

Si mi hijo me ve llena de energía, sonriente y feliz, mirarlo es como contemplarme en un espejo. Y al contrario, si lo atosigo y me olvido de respetar su ritmo, me devuelve de algún modo esa ansiedad que genero en él.

En realidad, ocurre algo parecido con los adultos. Según como me comporto en las tiendas, con los vecinos, en el trabajo, en el restaurante…, mi forma de dirigirme a los demás determina en gran medida lo que recibo a cambio.

No puedes pretender que los demás hagan aquello que tú no haces

Y a la inversa.

Lo mismo (y muy especialmente) con tus hijos.

Aquí van algunos ejemplos

  • ¿Obedeces siempre a tu jefe sin rechistar? No esperes tampoco que tu hijo lo haga.
  • ¿Sueltas algún grito de vez en cuando? Entiende, entonces, que él también chille a veces.
  • ¿Le dejas tu coche a cualquiera? No exijas a tu hijo compartir su camión si él no quiere.
  • ¿Tienes la misma hambre todos los días? Tu hijo tampoco, deja que aprenda a autorregularse.
  • ¿Te quejas de vez en cuando de las cosas que no te gustan? Permítele a tú hijo que se queje también.
  • ¿Te gusta que hablen de ti como si no estuvieras presente? A ellos tampoco, ¡no lo hagas!
  • ¿Te disgusta cómo habla últimamente? Ya sabes…, vigila cómo es tu lenguaje.

En definitiva, si algo no te gusta de tus hijos, pregúntate: «Y yo, ¿qué les estoy aportando o transmitiendo?». Si no te agrada lo que recibes de tus hijos, plantéate: «Y yo, ¿qué les estoy ofreciendo a ellos?».

La dinámica es siempre la misma

Si no te gusta algo del otro, mírate en ese espejo a ver qué encuentras de ti mismo.

Muchas actitudes que vemos en ellos serán muy parecidas a las que ellos ven en nosotros. Y ojo, cuando lo ves de esta manera, les entiendes mejor. Comprendes de otra forma por qué les cuesta compartir, por qué tienen ganas de gritar, por qué a veces protestan en vez de obedecer, o por qué se quejan cuando ya no quieren comer más.

Si conocéis a la escritora Pilar Jericó, sabréis que es una comunicadora estupenda, y una gran experta en educación. En este vídeo nos anima a reflexionar:

«¿Cómo vamos a pedir a nuestros hijos que gestionen el conflicto si nosotros no nos sentimos capaces de hacerlo?

¿Cómo vamos a pedir a nuestros hijos que digan las cosas con cariño si nosotros no sabemos tratarnos con ternura?«

(Pilar Jericó, empresaria, conferenciante, consultora y profesora de escuelas de negocio)

Los hijos son nuestra oportunidad para cambiar, para ser mejores personas, más responsables, sinceras y humildes. Podría decirse que, más que con un pan, los niños llegan con un espejo debajo el brazo en el que poder vernos reflejados.

Helena Guardans, reconocida empresaria y madre de dos hijos, recoge en su libro «Todo lo que aprendí de mis hijos: y no me enseñaron en la escuela de negocios» algunas experiencias con ellos que le han inspirado para organizar equipos con eficacia, así como a la hora de resolver conflictos en el trabajo.

Está claro que podemos aprender mucho de la relación que tenemos con nuestros hijos.

La propuesta de esta semana es sencilla: contempla, sé consciente

Te invito a contemplar a tu hijo. A preguntarte de vez en cuando qué ves en ese espejo que él es para ti. A reflexionar si hay alguna cosa que estás proyectando en él. A darte cuenta de que tu hijo es amable si tú eres amable, se enfada si vives enfadado, exige si tú eres exigente con él, es seco y cortante si recibe lo mismo de ti, sonríe si tú le sonríes, se amarga si te ve amargado, respeta si se siente respetado, ama si se siente amado.

¿Ves algo reflejado en tu hijo que no te gusta de ti mismo? Ehorabuena, el primer paso que podemos dar es ser conscientes.

Ya tienes un aspecto concreto de ti para trabajar y mejorar cada día (da las gracias por ello). No esperes para empezar a pulir aquello de ti mismo que no te agrada. Trata a los demás como te gusta que te traten a ti. Empieza por tus hijos.

Acabarás viendo los frutos, tarde o temprano. Doy fe.

Y entonces, verás cada vez más cosas en tus hijos que SÍ te gustan de ti.

¿Qué opinas de todo esto?

¡Feliz camino! 🐌

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📸 Foto de Gustavo Fring en Pexel

Paloma Ucelay

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